miércoles, 14 de noviembre de 2012


(Atención: esto no es un poema)


Reinaldo Artime creía que el infierno era 
una luciérnaga a punto de extinguirse en lo 
más profundo de un cadáver.

Buscando hacer un pacto con algún ente 
infernal de orden menor, decidió que pasaría 
su vida dedicado a la mesa de disección.

Encontró en cierta ocasión un insecto,
en el interior del útero de una mujer 
con los labios tatuados. Emitía un tenue
resplandor.

Lo aplastó entre unas pinzas. Las luces 
de la sala se extinguieron y solo quedó 
la sangre tenue pero aún luminosa sobre 
la carne abierta.

Nadie se explica, ni siquiera él mismo, 
a posteriori, que en ese momento Reinaldo
sintiese el impulso, la sed de recobrar 
esa luz vertida.

El infierno tiene requiebros eróticos en 
cada encrucijada. El contacto de su lengua
con la fría carne humedecida le provocó 
una erección. 

Su lengua, caliente y seca por la repentina 
ausencia de luz, comprendía, o más bien aceptaba,
lo que su mente negaba dictatorialmente.

Aquel útero representaba el único objeto 
de su deseo. Lo lógico entonces era introducir
la cara completamente entre sus paredes.

En el infierno no es necesario oxígeno. El 
deseo es suficiente para vivir si este no se
satisface completamente. 

Durante un instante, Reinaldo permaneció 
fundido al órgano. Un instante en que experimentó
una sensación de absoluta atemporalidad.





Miguel Rual

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